sábado, 30 de mayo de 2009

NI LA VIDA PUEDEN ROBARLE

“¿Fuma?", le pregunté. Con asombro, como quien no entiende la situación (ni la pregunta) no dudó en estirar la mano y agarrar ese siniestro cigarrillo extranjero que nos lleva a todos al mismo lugar.

Cuando me senté a su lado, menos comprendía mi comportamiento pero no le molestó. Supongo que ya nada puede molestarle. El olor que reinaba en ese roñoso rincón era insoportable, estoy segura que sin ella ahí, no hubiera aguantado ni dos minutos más. Para ésta mujer (seguramente) ese era el calor de su living en invierno o el aroma de una espectacular pasta que jamás comería.

Era un día atípico de otoño. En Buenos Aires, la temperatura aplanaba hasta al más rudo y el sol parecía el mejor defensor del campo rival: no importaba por donde uno se esconda o intente escabullirse, sin mucho esfuerzo los rayos nos pincelaban.

Tenía el pelo muy corto, o tal vez, muy mal cortado. Tanto, que de espalda parecía un hombre. Un hombre que no era. Sin embargo, aún no podía mirar su rostro. La saludé mientras prendía mi décimo pucho de la mañana, y miré algo desconfiada ese escalón que se convertiría en una inexorable reflexión.

Me presenté y sin dudarlo, le dije mi nombre: ese sonido algo incomprendido iba a despejarle la mirada de ese pulóver celeste que iba destejiendo. “Un gusto, soy Nilda” – me contestó, y como lo sospeché, me miró. Sus dientes enormes y algo carcomidos, me desconcentraron por un momento de sus ojos verdes. Eran los más penetrantes y raros que jamás vi. Llevaba puesto un jogging azul y una campera que simulaba un gris clarito, no sé en realidad, si ese era el color o todo el polvo que cargaba.

Ella estaba algo desconfiada, indudablemente. No entendía que hacía esta pendeja ahí pero no me interesó. Y a ella, menos. “Le cuento Nilda, disculpe que la moleste, vengo a charlar con usted. Hace días camino por aquí y la veo siempre sentada en el mismo lugar. Tengo que escribir cosas sobre el barrio de Retiro, conocer a la gente y encontrar cosas interesantes. Usted, por lo que veo, vive aquí en la entrada de la Estación Mitre”, le expliqué.

Casi en simultáneo y sin titubear, habló sin pausa por 10 minutos. “Vos, chiquita, tenés que escribir lo que ves, no lo que te dice la gente”, empezó. En ningún momento cambió su posición, creo que no tenía ni fuerzas para moverse mucho, tampoco sé si era por su vejez o por su flacura. Sin despegar sus piernas cruzadas y flacas, tan flacas que parecían una, continúo: “De nada sirve lo que te digamos. Anda y mirá, caminá y sentí. Yo respeto lo que quieren hacer los periodistas pero nada va a ser más real que lo que vos misma veas y sientas. Lo demás pueden mentirte, pero vos no vas a mentirte”.

Cada cuatro palabras me daba una pequeña palmada en el brazo como queriéndome hacer reaccionar. De todas formas, me dejó atónita, y le prendí su primer cigarrillo en días posiblemente.

Ningún profesor había sido tan sincero conmigo como esta mujer. En esos momentos, no sabía que hacer: si escribir lo que me decía o describir en mis apuntes sus bigotes y sus puntos negros que hacían de ella, la Nilda más inoportuna que conocí.

“Y tené cuidado con la plaza, el otro día vi como un ladrón le robaba a tres mujeres. Después cuando yo iba con mi balde a buscar agüita, se armó un tiroteo como a las tres de la mañana pero un policía le manoteo el arma al ladrón. Y yo me quedé dura con mi balde, estaba como en una película”, cambió de tema, y se rió a carcajadas de ella misma.

La inseguridad es una realidad. Esperando una hora en una comisaría de la gran ciudad, al menos siete personas entraron a realizar sus denuncias. Eso me puso muy tensa ,y esa mañana hasta que no me senté al lado de Nilda, no aguantaba más la angustia. Ojala supiera o pueda adivinar el porqué pero cuando me acerqué, estaba resguardada. Me tranquilizó tanto que no me interesó encontrar material para una nota. Quise estar ahí por tiempo indeterminado.

Continuando con nuestra charla – por supuesto acotada en este escrito - no puede evitar preguntarle en cuál plaza habían ocurrido tales historias. “¿Qué importa dónde fue? Vos cuidate en las plazas y en todos lados. Esta complicadito todo y es un peligro. Tengo que decirte que por aquí ( y volvía a golpearme suavemente el brazo) tengo miedo siempre aunque ya varios me conocen”, comentó.

Y relató miles de historias más. Algunas reales, otras sospecho que verdaderas en su imaginación pero de carácter actual. Y estaba preocupada, no paraba de mencionar el terror que le causaba la inseguridad y “estos hijos de puta que te sacan todo”.

A Nilda, ni la vida pueden robarle. Tampoco los gorritos que pretendía hacer “para la piba del quiosco que se quedó sin trabajo”. Ella seguirá, desafortunadamente, en esa esquina mugrienta de la Estación Mitre. No tiene familia, ni esperanzas, ni techo, ni ganas de nada. Yo seré, cada tanto, su compañera de charlas. Y ella, no será un artículo para mi trabajo, sino mi refugio cuando la presión me desborde.

lunes, 4 de mayo de 2009

MALDITO PIZZARO

(10 de enero de 2009/ Cuzco)

Sería preciso que quien les escribe tenga las palabras justas o ese "don" con el que algunos grandes nacen de poder recrearles, en la medida que lean esto, todo aquello que sentí y viví en los únicos e intensos instantes en los que yo, y sin dudas todos los que me rodeaban, se sentían la partícula más inofensiva de toda la espera.
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Después de unos días en los que ya nos creíamos obnubilados por todo lo que veíamos, probábamos o conocíamos llegamos a las 6 de la mañana a las ruinas de Machu Pichu. No, no. No crean que fue un "bus" (como suelen llamarle acá) lo que nos llevó a la inmensidad: fueron nuestras piernas ansiosas y desesperadas que subieron sin pausa un par de miles de metros.

"Y Machu Pichu se hizo sol" como escuché alguna vez por ahí y, el amanecer en esas ruinas vacías que solo nos contenían a los 7 ilusos que ya lagrimeaban, nos colapsó. Pero ese amanecer era solo la bienvenida a todo lo que albergaba ahí. Ilusos, si, si. Eramos unos ilusos de creer que ya estábamos satisfechos y emocionados.

Wainapichu, la cumbre más alta desde la cuál se puede observar la ruina, no nos importaba ya, eramos felices sin nada más. Pero fuimos: esperamos, firmamos la autorización de autoresponsabilidad y arrancamos. Fue jodido, la niebla no dejaba ver la subida no demarcada pero nos acompañamos y ayudamos. Esos 2.300 metros fueron los más fugaces de todos y eso, que ya nos creíamos realizados con la trepada anterior. En 25 minutos estuvimos ahí y casi por logística incaica, todo se despejó y el sol caprichoso (en esta epoca del año) reflejó las ruinas y nos homenajeó.

Alguien, quien casi sin saberlo parecía conocerme de toda la vida, se acercó y me dijo al oído: "si Dios no existe, ¿qué pasa acá?". No pude evitar emocionarme, había algo más y no era la única que lo sentía. Tal vez era un Dios, tal vez una energía particular pero nadie que estuvo ahí, regresó de la misma manera. No es posible, no es casual, no es accidente, no es el sentimiento de una turista joven y desempleada que se sentía la más inofensiva del universo.

No se necesitaba nada más, aquí no se necesita nada más. En ninguna parte, en ninguna vida se puede pedir más de lo que sentí, de lo que sentimos. Ya pasaron dos días y por las noches cuesta dormirse. No importa las condiciones o el cansancio con el que uno llegue pero uno revisita ese momento, esa energía, esa particularidad de sentirte la más grande y a su vez, algo tan insignificante.

Gente, de aquí se vuelve distinto. Yo no soy la misma, ni ellos lo son, ni cualquier loco que pise esa montaña. Tal vez, la esencia no cambia, seguramente. Pero aquí me bauticé, aquí por primera vez, sentí que había algo más inmenso que realmente existía: no se controla, no se percibe pero lo sentí, lo siento. Fue mi unción.