domingo, 22 de febrero de 2009

QUE SEA EN SILENCIO

“Pongamos las cosas en su lugar y dejemos esos extremos incoherentes que nos unieron. Pongamos las cosas en su lugar y seamos realistas. Tan sólo por hoy, o al menos, por las próximas tres horas. Si, no me digas nada, ya sé que son las ultimas pero ¿qué querés? No se puede andar siempre entre hadas y duendes.

No, no estoy enojada pero si seguís con este interrogatorio, posiblemente aumente mi tono. Tranquilo, no es una amenaza, sólo me estoy defendiendo. ¿De vos? No, no interpretes como siempre, lo primero que se te ocurra: me resguardo de mí. Una vez más estoy aquí, tomando las decisiones equivocadas o las más difíciles. Me odio por eso. Sufro. Reniego. Grito. Pero crezco y maduro, eso me consuela o me chamulla.

Ya sé, no lo repitas una vez más, me apoyas en esta. Estoy como harta de escuchar eso, todos me ponen el hombro. Ahí están: en fila, en caravana, en lágrimas y en sonrisas. Pero con tan solo entregar el maldito y drástico papelito y, con dar esos dos pasos arriba, me fui. Y todos se quedan ahí, mirando. Cada vez los visualizo menos, se transforman en puntitos, apenas se mueven. Y los perdí. Fue sencillo el trámite.

Señorita, despiértese, llegamos. ¿Tan rápido? ¿Cómo no le voy a preguntar eso? Fue un abrir y cerrar de ojos, como dirían por ahí. Mierda! Ni sentí los kilómetros, ni las horas. ¿No cené? Tengo hambre. Seguramente, me dormí antes que pase esta pobre chica que se gana la vida de una punta a la otra. Pero no me hubiera dormido con la panza suplicando por comida. No, no. Ya fue. Vamos a la casa.

¿A dónde la llevo? A casa por favor señor. Pero eso queda lejos señorita, debe seguir dormida, no puedo viajar en esta lata 1.200 kilómetros. Tiene razón, estoy sentada en el más precario medio para moverme. No se preocupe, vamos. Arranque antes que empiece. Si, si arranque. Le suplico, sino empiezo a pensar y me arrepiento."

sábado, 14 de febrero de 2009

DESDE LOS PAGOS DE AYMA

Todavía quedan lugares en el mundo que tienen esa energía aplanadora que ya no se encuentra. No se trata de efectos por la altura o de cualquier otro tipo de cosa que conlleve a esto. Aún hay rincones alejados que se mueven, pareciera, al revés de la rotación de la tierra.

Dos días en Copacabana fueron momentos de destiempo que no había vivido o sentido antes. Las horas no corrían. NO. Y las personas se movían con esa pausa que (a ansiosos e insertos en el sistema como cualquiera de nosotros) desesperaba.

Pero ellos parecían o se creían felices, seguramente ni sabían que no podían ocultar lo contrario. Efectivamente, no lo son: por herencia, por genética, por historia compartida que los transforma en pueblo, no son la gente encaminada a la algarabía. Irónicamente, quien les escribe tampoco sepa de felicidad y no muchos de los que lean esto, creo que tienen certezas.

Si tan solo las palabras pudieran transformarse en imágenes y mostrarles esas miradas, esos rostros consternados. La constante expresión de padecimiento, de necesidad, de resignación . . . .
No interesaba la sonrisa persuasiva que mostraran o la carcajada más contagiosa que se escuchara. La mirada desolada y la forma sufrida de esos ojos gritaban un "no puedo más".

Luchan. Sin dudas, siguen, abren el camino estrecho. NO falta en cualquier esquina esa mujer, casi anciana por cierto, cargando esa enorme bolsa que indefectiblemente, es la única y máxima esperanza de futuro. Liquidarla y poder armar ese taper oloriento y revuelto con el que almorzaran al día siguiente ahí. Ahí, en ese puesto humilde donde hacen el "arte" del negocio y donde viven, despiertan y mueren.

Escuche por ahí (realmente no recuerdo donde ni quien lo dijo): "cuando no hay palabras para expresar la belleza o lo que representa para alguien un lugar, es porque en realidad sé esta en el lugar preciso". No voy a negar que más de una vez no supe que decir (hecho que no suele ocurrirme muy seguido) pero la trillonada de indignaciones que uno necesita gritar en algunos momentos, es lo único que no carece de forma. Y uno reniega, se ofusca, quiere solucionar eso que ocurre hace siglos.

También llega la frustración, ¿no? Si un comandante (un tanto loco) no pudo cambiar la situación social, la miseria, la hipocresía . . . . ¿Qué puedo hacer desde mi casi imperceptible lugar en el mundo?

¿Cómo se revierte esa extrema pobreza? ¿Cómo se protege a esos 38 mineros que mueren por año en derrumbes mientras sacrifican su vida por un mineral que después OTROS lo transforman en una joya de miles de dólares?

¿Cómo les explicamos que esos 3.000 bolivianos mensuales que dividen en 6 o 7 familias, después son un papel verde sobre cotizado? ¿De que manera le digo a ese extranjero que los cruelmente llamados "bolitas" no son personas devenidas en animales? Y digo extranjeros porque aquí, por lo menos yo, no me siento ajena. Y trabajan. La rompen. Buscan cada centavo. Ojalá en nuestras tierras comprendieron el significado de eso.

"Señor, solo quiero hablar, no tenga miedo". Patéticamente, en más de una oportunidad tuve que decirlo. Somos raros para ellos, algunos hasta nos temen o ni te atreven a mirarnos. ¿Les recordará el pelo platinado a esos hombres del "viejo mundo" que los saquearon, golpearon, mataron y los esclavizaron?

Todavía algunos hablan de Bolivia como un pueblo convulsionado y peligroso. Aquí hay movilizaciones utópicas, se si debería luchar por todo ese sufrimiento y miseria, la palabra revuelta, NO ALCANZA. Si pudieran revertir la situación y gritar todo ese cúmulo de angustias (muy evidentes en cada paso), los escucharía hasta el Barbudo (DIOS, ALÀ, BUDA, etc etc etc).

Pero él se olvidó de esta parte, por estas calles inhóspitas no hay signos de nada superior que reine arriba y proteja abajo. Si lo habría, no sería necesaria escribir esto.

Esto me reafirma, una vez más, eso que leí en una pared hace ya 7 años: "SI LA MISERIA ES LEY, LA REBELDÍA ES JUSTICIA".