jueves, 13 de agosto de 2009

Un día sin caratula ni etiqueta

“Son cosas que pasan, hija. ¿Qué podés hacer?, hubiera dicho mi mamá si antes de escribir esto le habría comentado sobre ese sinfín de pensamientos encontrados que tuve en menos de cinco horas..
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Tengo que reconocer –aunque eso sea algo que me cuesta por naturaleza- que salir a recorrer la zona de la Estación de Retiro, puede dejarme pensando por días. No es fácil para mí, supongo, ir y venir por esas calles que todavía no puedo descifrar. O tal vez, ya las entendí y eso sea realmente lo que me cuesta asimilar. Al principio caminaba con temor: “que no me saquen el celular, que no me miren el pelo, que la billetera esto y que el documento lo otro”. ¡Estúpida!, me dije hace un buen tiempo y caminar por ahí sin esa presión y sólo con mi agenda y mis cigarros, es una buena terapia. Me hace recapacitar (bien ahí) pero sólo cuando es el día adecuado. Hace poco que regresé a esta “gran ciudad” y volvió a embalarme como desde mi segunda semana aquí. Y no quedan otras alternativas.
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La visité a mi amiga Nilda (la mujer de la Estación Mitre ¿se acuerdan? Cómo olvidarla . . .) y seguí mi recorrido “vocacional”. De ella mucho más no puedo decir, seguía destejiendo gorritos celestes y con las piernas cada vez más cruzadas. Por supuesto, su tamaño era la mitad de lo que recordaba: supongo que no cenó algunas veces pero sólo porque estaba inapetente, ¿no? En fin, no quiero pensar más.
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Seguía parada en la misma esquina, esa adolescente que vende “a su voluntad” el diario gratuito “La Razón”. Sólo que esta vez estaba acompañada. Enredaba entre sus dedos manchados eso que fuman ahora: no se bien como llamarle a esa ¿sustancia? pero es demasiado popular en todos lados y te hace volar –dicen- por un rato. Aseguran que te relaja y que te da mucho hambre después. Pero - todavía - festejo por estar estresada. Además ya demasiado apetito tiene mi metabolismo por sí solo. Era una pena verla y me ofuscaba su pelo naranja. ¿Por qué en vez de drogarse no guarda la plata y se va a comprar un libro o a teñirse? Nadie se lo recomienda, seguro NO sabe que hay otras alternativas. Y mis allegados que saben, no les interesa, bue, no les interesa ni por ellos ni por nosotros que los amamos.
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Ya me fui de foco. Sigamos por el recorrido. ¿Qué más puedo decir? Más pobreza, más marginalidad, más corrupción, más desdicha, más droga, más miseria, más clandestinidad. “Otra vez sopa” pero esta sopa cada vez me cae más pesada y no hay mucho que yo pueda hacer: ni por los que saben que hay otras alternativas, ni por los que conocen todos los otros caminos. Y todavía tengo que abrir el diario y leer los millones que el Gobierno le dará a la AFA (Asociación Argentina de Fútbol).
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Ya volviendo al centro porteño, me esperaba una cita. Unos colegas me invitaban a disfrutar de un partido de fútbol, México contra Estados Unidos. ¿Cómo negarme? Tenía cosas que hacer, sí, pero quería compartir eso con mis hermanos de Buenos Aires y daba lo que sea por ver perder a los gringos. Antes de eso, me senté a tomar un cafecito hasta que se haga la hora de ir al encuentro. No tenían el diario en ese “fino” bar, así que me entretuve con las conversaciones ajenas. No me parecía mal, de última si ellos pasan gritando al lado de mi mesa, que no se ofusquen. “Es ella o yo, elegí ya mismo”, decía una chica. Si yo hubiera tenido sus preciosos ojos, me hubiera levantado a la mierda. No tengo esos ojos pero igual me hubiera ido. Lo saben, los que me conocen (¡cuak!) “Mi papá tiene un Rolex impresionante, seguro es mejor que el del tuyo”, gritó un nene de unos 9 años que ya competía por un puto reloj. “Dios, estoy desesperaba. No puedo acomodarme el pelo, tengo las uñas recién pintadas y si se me corre la pintura, me mato”. Ya ni vale la pena describir quien dijo eso. Era suficiente trivialidad para lo que venía de ver en las cuadras de Retiro. Afortunadamente, un mensaje de mi compadre mexicano que me decía que ya estaban en el bar, me salvó y pude huir de ese lugar al que nunca hubiera ido si no fuera porque quedaba en frente de donde era mi reunión. Igual no es excusa.
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De dos mundos antagónicos en los que había estado las primeras 3 horas de mi día, pasé a un tercero que me acobijó un poco más. No sé la causa pero ando buscando refugio seguido. Yo no era así, odio ser así. No quiero una nueva “Ba”. Después del segundo gol del equipo Azteca y de las cervezas que ya todos habían liquidado, se armó el festejo. Entre boleros que cantaban, por supuesto con algunas modificaciones en la letra, brindamos por última vez y nos retiramos. Pero antes de eso, tuve que bancarme una ironía más, no podía ser de otra forma, había que llenar el cartón de mi día. Entre cánticos contra los “gringos”, un mexicano (sorprendentemente fachero) tuvo que saturarme por completo cuando saludó a su compatriota: “Marcos me retiro, see you man”. Por favor . . . . . . tuve ganas de pegarle, pero supongo que cada uno sabe lo que hace. Aunque él no, segundos antes había estado cantando Molotov.
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Un escrito sin sentido, dirán algunos que lean esto. Para mí fue un día lleno de contradicciones y enojos. No puedo vivir enojada con el mundo. De todas formas, aún no sé cuál es el mío.

jueves, 2 de julio de 2009

EN BUSCA DEL NOSOTROS QUE NO PODIAMOS SER

(Un poco de cursilería no viene mal. En honor a la gran Corin Tellado, quien murió hace menos de tres meses en Asturias, a los 82 años)

La humedad pesaba más que los lienzos que cubrían su cuerpo. Sacárselos hubiera sido, tal vez, la falta moral más ambiciosa que desencadenaría mil rumores en su aldea. Si lo hacía, seguramente no conseguiría marido y cargaría – de por vida – el estigma de la mujer hereje de la ciudad. De hecho, no lo hizo. Soportó, como el resto de las mujeres, la densidad del clima de Buraq, un pequeño pueblo de Daraa. Lo que sí hizo fue quedarse inmóvil, tan inmóvil que si alguien no notaba las gotas de sudor que viajaban por su rostro, cualquiera hubiera creído que la habían embalsamado para que no renaciera en otra vida. Permaneció quieta y dura. Dura como el silencio que también guardo, esperando que una cortés ventisca apague las llamas que invadían su cuello, su abdomen y sus ingles.

Cuando Kahina conoció a Farid, vivió algo similar al calor mortífero de ese verano -o por lo menos- , eso fue lo que le contó a sus cercanos. No supo qué hacer. No pudo reaccionar. No supo regañarlo y menos, denunciarlo. Una vez más se quedó en silencio y sin mover ni la más mínima parte de su cuerpo. Al principio dudó: no sabía si se paralizó por lo que había descubierto o porque había encontrado el hombre que le aplanaría el carácter y que le reviviría la ilusión. Ninguno de sus allegados sabe cuáles fueron las primeras palabras que cruzaron. Tampoco conocen las últimas, pero todos aseguran que la intensidad de sus miradas desnudaba la pasión y la complicidad que conservaban desde la juventud, aún cuando ya los años se notaban en sus rostros.
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Cuando Kahina y Farid se fugaron, no pensaron mucho en las consecuencias que podrían enfrentar, ni las angustias de sus familiares que invocarían un sinfín de plegarias por una respuesta que les dieran certezas o desesperanzas. No encontraron –pareciera- un motivo que despertara a su porqué del enredo desmedido que los saturó de incomprensiones. Sólo lograron enfocarse más y más en ellos dos y en ese plan de deberían cumplir con perfecta complicidad. No había lugar a cualquier margen de error, cualquier actitud evidente los encadenaría por siempre a un futuro no deseado y a una vida repleta de incógnitas. Lo intentaron, sus allegados saben que se esforzaron por recapacitar sobre el asunto, pero no era suficiente para ellos otra opción que no sea en la de transformarse en una sola persona. Los jóvenes se habían trepado en ese barco que los llevó de un extremo a otro, mucho tiempo antes a esa noche que huyeron. La idea era fija y su pasión en la cuestión, irracional.
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Cuando Kahina y Farid llegaron a la Argentina, no sabían si se iban a querer para toda la vida, pero no se preocuparon. Y sabían, sin ningún tipo de titubeo, que era impensable un retorno a su pasado. No podían regresar. Brote (o no) esa relación, lo de ellos no era mirar por el retrovisor, no se concebía un mínimo arrepentimiento. De hecho, volver les hubiera costado la vida. Esa que ellos eligieron salvar para estar unidos y, la que a su vez, le quitaron a su gente cuando el espacio vacío de sus ausencias no fue reparado ni justificado. Dicen, o por lo menos murieron convencidos, de que sus respectivas familias no supieron más de ellos. Nadie podría haber deducido el coraje de los jóvenes, nadie nunca tuvo sus sospechas ni sus hipótesis. Ellos tampoco eran de este tipo de arrebatos, por lo que muchos supusieron lo trágico, lo detonante. De seguro esperaban la otra vida, en la que fervientemente creían, para saldar todas esas incógnitas pendientes.
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Su vestimenta, y hasta esa manera dulce y ronca de hablar, hacían de Kahina una árabe documental. Pero eran sólo lienzos y nada más que una apariencia. La joven, que fue en Buraq, y la mujer en la que se transformó en Argentina, era exactamente todo aquello que no debía ser una siria con su crianza y costumbres familiares. Kahina se fugó por un amor, por una relación incierta. Decidió viajar a otro mundo de la mano de un hombre que prácticamente no conocía, y el cuál nunca hubiera sido aceptado sus gente.

Antes de partir, Farid (inevitablemente) no dejó de visitar a quien sería su mujer, en ninguna de las madrugadas siguientes a ese primer encuentro. Esperaba ansioso que cayera la noche; robar ya no era su objetivo en la aldea vecina. Y ella lo esperaba como nunca había esperado a nadie, lo deseaba como jamás desearía a ese hombre mayor que indefectiblemente sería su marido –o su dueño- en los próximos años. Les hervía la piel, les brotaban lágrimas heladas de las manos en cada encuentro furtivo y, por lo que relataron a sus hijos, añoraban destrozar todo esa estructura que los separaba sin remedios ni consuelos.

Explicarles a su familia no hubiera sido el drama principal que los marcaba, el simple hecho de haber estado en contacto siendo los dos de fuertes familias antagónicas, los condenaba. Sin dejar detrás del telón, que los encuentros habían sido sin un hombre de la familia que supervisara. ¿Qué había pasado en esas salidas clandestinas? ¿Habían hecho de ese amor algo físico y erótico? Las numerosas reglas que podrían haber demolido eran tantas que, de ser descubiertos, no había más solución que irremediables torturas.

¿Fue la cobardía el motivo de su huída? ¿O fue un acto de valentía y lealtad a sus corazonadas que sólo gritaban sus nombres?

Observaciones:
Kahina significa princesa guerrera.
Farid significa único.

sábado, 30 de mayo de 2009

NI LA VIDA PUEDEN ROBARLE

“¿Fuma?", le pregunté. Con asombro, como quien no entiende la situación (ni la pregunta) no dudó en estirar la mano y agarrar ese siniestro cigarrillo extranjero que nos lleva a todos al mismo lugar.

Cuando me senté a su lado, menos comprendía mi comportamiento pero no le molestó. Supongo que ya nada puede molestarle. El olor que reinaba en ese roñoso rincón era insoportable, estoy segura que sin ella ahí, no hubiera aguantado ni dos minutos más. Para ésta mujer (seguramente) ese era el calor de su living en invierno o el aroma de una espectacular pasta que jamás comería.

Era un día atípico de otoño. En Buenos Aires, la temperatura aplanaba hasta al más rudo y el sol parecía el mejor defensor del campo rival: no importaba por donde uno se esconda o intente escabullirse, sin mucho esfuerzo los rayos nos pincelaban.

Tenía el pelo muy corto, o tal vez, muy mal cortado. Tanto, que de espalda parecía un hombre. Un hombre que no era. Sin embargo, aún no podía mirar su rostro. La saludé mientras prendía mi décimo pucho de la mañana, y miré algo desconfiada ese escalón que se convertiría en una inexorable reflexión.

Me presenté y sin dudarlo, le dije mi nombre: ese sonido algo incomprendido iba a despejarle la mirada de ese pulóver celeste que iba destejiendo. “Un gusto, soy Nilda” – me contestó, y como lo sospeché, me miró. Sus dientes enormes y algo carcomidos, me desconcentraron por un momento de sus ojos verdes. Eran los más penetrantes y raros que jamás vi. Llevaba puesto un jogging azul y una campera que simulaba un gris clarito, no sé en realidad, si ese era el color o todo el polvo que cargaba.

Ella estaba algo desconfiada, indudablemente. No entendía que hacía esta pendeja ahí pero no me interesó. Y a ella, menos. “Le cuento Nilda, disculpe que la moleste, vengo a charlar con usted. Hace días camino por aquí y la veo siempre sentada en el mismo lugar. Tengo que escribir cosas sobre el barrio de Retiro, conocer a la gente y encontrar cosas interesantes. Usted, por lo que veo, vive aquí en la entrada de la Estación Mitre”, le expliqué.

Casi en simultáneo y sin titubear, habló sin pausa por 10 minutos. “Vos, chiquita, tenés que escribir lo que ves, no lo que te dice la gente”, empezó. En ningún momento cambió su posición, creo que no tenía ni fuerzas para moverse mucho, tampoco sé si era por su vejez o por su flacura. Sin despegar sus piernas cruzadas y flacas, tan flacas que parecían una, continúo: “De nada sirve lo que te digamos. Anda y mirá, caminá y sentí. Yo respeto lo que quieren hacer los periodistas pero nada va a ser más real que lo que vos misma veas y sientas. Lo demás pueden mentirte, pero vos no vas a mentirte”.

Cada cuatro palabras me daba una pequeña palmada en el brazo como queriéndome hacer reaccionar. De todas formas, me dejó atónita, y le prendí su primer cigarrillo en días posiblemente.

Ningún profesor había sido tan sincero conmigo como esta mujer. En esos momentos, no sabía que hacer: si escribir lo que me decía o describir en mis apuntes sus bigotes y sus puntos negros que hacían de ella, la Nilda más inoportuna que conocí.

“Y tené cuidado con la plaza, el otro día vi como un ladrón le robaba a tres mujeres. Después cuando yo iba con mi balde a buscar agüita, se armó un tiroteo como a las tres de la mañana pero un policía le manoteo el arma al ladrón. Y yo me quedé dura con mi balde, estaba como en una película”, cambió de tema, y se rió a carcajadas de ella misma.

La inseguridad es una realidad. Esperando una hora en una comisaría de la gran ciudad, al menos siete personas entraron a realizar sus denuncias. Eso me puso muy tensa ,y esa mañana hasta que no me senté al lado de Nilda, no aguantaba más la angustia. Ojala supiera o pueda adivinar el porqué pero cuando me acerqué, estaba resguardada. Me tranquilizó tanto que no me interesó encontrar material para una nota. Quise estar ahí por tiempo indeterminado.

Continuando con nuestra charla – por supuesto acotada en este escrito - no puede evitar preguntarle en cuál plaza habían ocurrido tales historias. “¿Qué importa dónde fue? Vos cuidate en las plazas y en todos lados. Esta complicadito todo y es un peligro. Tengo que decirte que por aquí ( y volvía a golpearme suavemente el brazo) tengo miedo siempre aunque ya varios me conocen”, comentó.

Y relató miles de historias más. Algunas reales, otras sospecho que verdaderas en su imaginación pero de carácter actual. Y estaba preocupada, no paraba de mencionar el terror que le causaba la inseguridad y “estos hijos de puta que te sacan todo”.

A Nilda, ni la vida pueden robarle. Tampoco los gorritos que pretendía hacer “para la piba del quiosco que se quedó sin trabajo”. Ella seguirá, desafortunadamente, en esa esquina mugrienta de la Estación Mitre. No tiene familia, ni esperanzas, ni techo, ni ganas de nada. Yo seré, cada tanto, su compañera de charlas. Y ella, no será un artículo para mi trabajo, sino mi refugio cuando la presión me desborde.

lunes, 4 de mayo de 2009

MALDITO PIZZARO

(10 de enero de 2009/ Cuzco)

Sería preciso que quien les escribe tenga las palabras justas o ese "don" con el que algunos grandes nacen de poder recrearles, en la medida que lean esto, todo aquello que sentí y viví en los únicos e intensos instantes en los que yo, y sin dudas todos los que me rodeaban, se sentían la partícula más inofensiva de toda la espera.
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Después de unos días en los que ya nos creíamos obnubilados por todo lo que veíamos, probábamos o conocíamos llegamos a las 6 de la mañana a las ruinas de Machu Pichu. No, no. No crean que fue un "bus" (como suelen llamarle acá) lo que nos llevó a la inmensidad: fueron nuestras piernas ansiosas y desesperadas que subieron sin pausa un par de miles de metros.

"Y Machu Pichu se hizo sol" como escuché alguna vez por ahí y, el amanecer en esas ruinas vacías que solo nos contenían a los 7 ilusos que ya lagrimeaban, nos colapsó. Pero ese amanecer era solo la bienvenida a todo lo que albergaba ahí. Ilusos, si, si. Eramos unos ilusos de creer que ya estábamos satisfechos y emocionados.

Wainapichu, la cumbre más alta desde la cuál se puede observar la ruina, no nos importaba ya, eramos felices sin nada más. Pero fuimos: esperamos, firmamos la autorización de autoresponsabilidad y arrancamos. Fue jodido, la niebla no dejaba ver la subida no demarcada pero nos acompañamos y ayudamos. Esos 2.300 metros fueron los más fugaces de todos y eso, que ya nos creíamos realizados con la trepada anterior. En 25 minutos estuvimos ahí y casi por logística incaica, todo se despejó y el sol caprichoso (en esta epoca del año) reflejó las ruinas y nos homenajeó.

Alguien, quien casi sin saberlo parecía conocerme de toda la vida, se acercó y me dijo al oído: "si Dios no existe, ¿qué pasa acá?". No pude evitar emocionarme, había algo más y no era la única que lo sentía. Tal vez era un Dios, tal vez una energía particular pero nadie que estuvo ahí, regresó de la misma manera. No es posible, no es casual, no es accidente, no es el sentimiento de una turista joven y desempleada que se sentía la más inofensiva del universo.

No se necesitaba nada más, aquí no se necesita nada más. En ninguna parte, en ninguna vida se puede pedir más de lo que sentí, de lo que sentimos. Ya pasaron dos días y por las noches cuesta dormirse. No importa las condiciones o el cansancio con el que uno llegue pero uno revisita ese momento, esa energía, esa particularidad de sentirte la más grande y a su vez, algo tan insignificante.

Gente, de aquí se vuelve distinto. Yo no soy la misma, ni ellos lo son, ni cualquier loco que pise esa montaña. Tal vez, la esencia no cambia, seguramente. Pero aquí me bauticé, aquí por primera vez, sentí que había algo más inmenso que realmente existía: no se controla, no se percibe pero lo sentí, lo siento. Fue mi unción.

domingo, 22 de febrero de 2009

QUE SEA EN SILENCIO

“Pongamos las cosas en su lugar y dejemos esos extremos incoherentes que nos unieron. Pongamos las cosas en su lugar y seamos realistas. Tan sólo por hoy, o al menos, por las próximas tres horas. Si, no me digas nada, ya sé que son las ultimas pero ¿qué querés? No se puede andar siempre entre hadas y duendes.

No, no estoy enojada pero si seguís con este interrogatorio, posiblemente aumente mi tono. Tranquilo, no es una amenaza, sólo me estoy defendiendo. ¿De vos? No, no interpretes como siempre, lo primero que se te ocurra: me resguardo de mí. Una vez más estoy aquí, tomando las decisiones equivocadas o las más difíciles. Me odio por eso. Sufro. Reniego. Grito. Pero crezco y maduro, eso me consuela o me chamulla.

Ya sé, no lo repitas una vez más, me apoyas en esta. Estoy como harta de escuchar eso, todos me ponen el hombro. Ahí están: en fila, en caravana, en lágrimas y en sonrisas. Pero con tan solo entregar el maldito y drástico papelito y, con dar esos dos pasos arriba, me fui. Y todos se quedan ahí, mirando. Cada vez los visualizo menos, se transforman en puntitos, apenas se mueven. Y los perdí. Fue sencillo el trámite.

Señorita, despiértese, llegamos. ¿Tan rápido? ¿Cómo no le voy a preguntar eso? Fue un abrir y cerrar de ojos, como dirían por ahí. Mierda! Ni sentí los kilómetros, ni las horas. ¿No cené? Tengo hambre. Seguramente, me dormí antes que pase esta pobre chica que se gana la vida de una punta a la otra. Pero no me hubiera dormido con la panza suplicando por comida. No, no. Ya fue. Vamos a la casa.

¿A dónde la llevo? A casa por favor señor. Pero eso queda lejos señorita, debe seguir dormida, no puedo viajar en esta lata 1.200 kilómetros. Tiene razón, estoy sentada en el más precario medio para moverme. No se preocupe, vamos. Arranque antes que empiece. Si, si arranque. Le suplico, sino empiezo a pensar y me arrepiento."

sábado, 14 de febrero de 2009

DESDE LOS PAGOS DE AYMA

Todavía quedan lugares en el mundo que tienen esa energía aplanadora que ya no se encuentra. No se trata de efectos por la altura o de cualquier otro tipo de cosa que conlleve a esto. Aún hay rincones alejados que se mueven, pareciera, al revés de la rotación de la tierra.

Dos días en Copacabana fueron momentos de destiempo que no había vivido o sentido antes. Las horas no corrían. NO. Y las personas se movían con esa pausa que (a ansiosos e insertos en el sistema como cualquiera de nosotros) desesperaba.

Pero ellos parecían o se creían felices, seguramente ni sabían que no podían ocultar lo contrario. Efectivamente, no lo son: por herencia, por genética, por historia compartida que los transforma en pueblo, no son la gente encaminada a la algarabía. Irónicamente, quien les escribe tampoco sepa de felicidad y no muchos de los que lean esto, creo que tienen certezas.

Si tan solo las palabras pudieran transformarse en imágenes y mostrarles esas miradas, esos rostros consternados. La constante expresión de padecimiento, de necesidad, de resignación . . . .
No interesaba la sonrisa persuasiva que mostraran o la carcajada más contagiosa que se escuchara. La mirada desolada y la forma sufrida de esos ojos gritaban un "no puedo más".

Luchan. Sin dudas, siguen, abren el camino estrecho. NO falta en cualquier esquina esa mujer, casi anciana por cierto, cargando esa enorme bolsa que indefectiblemente, es la única y máxima esperanza de futuro. Liquidarla y poder armar ese taper oloriento y revuelto con el que almorzaran al día siguiente ahí. Ahí, en ese puesto humilde donde hacen el "arte" del negocio y donde viven, despiertan y mueren.

Escuche por ahí (realmente no recuerdo donde ni quien lo dijo): "cuando no hay palabras para expresar la belleza o lo que representa para alguien un lugar, es porque en realidad sé esta en el lugar preciso". No voy a negar que más de una vez no supe que decir (hecho que no suele ocurrirme muy seguido) pero la trillonada de indignaciones que uno necesita gritar en algunos momentos, es lo único que no carece de forma. Y uno reniega, se ofusca, quiere solucionar eso que ocurre hace siglos.

También llega la frustración, ¿no? Si un comandante (un tanto loco) no pudo cambiar la situación social, la miseria, la hipocresía . . . . ¿Qué puedo hacer desde mi casi imperceptible lugar en el mundo?

¿Cómo se revierte esa extrema pobreza? ¿Cómo se protege a esos 38 mineros que mueren por año en derrumbes mientras sacrifican su vida por un mineral que después OTROS lo transforman en una joya de miles de dólares?

¿Cómo les explicamos que esos 3.000 bolivianos mensuales que dividen en 6 o 7 familias, después son un papel verde sobre cotizado? ¿De que manera le digo a ese extranjero que los cruelmente llamados "bolitas" no son personas devenidas en animales? Y digo extranjeros porque aquí, por lo menos yo, no me siento ajena. Y trabajan. La rompen. Buscan cada centavo. Ojalá en nuestras tierras comprendieron el significado de eso.

"Señor, solo quiero hablar, no tenga miedo". Patéticamente, en más de una oportunidad tuve que decirlo. Somos raros para ellos, algunos hasta nos temen o ni te atreven a mirarnos. ¿Les recordará el pelo platinado a esos hombres del "viejo mundo" que los saquearon, golpearon, mataron y los esclavizaron?

Todavía algunos hablan de Bolivia como un pueblo convulsionado y peligroso. Aquí hay movilizaciones utópicas, se si debería luchar por todo ese sufrimiento y miseria, la palabra revuelta, NO ALCANZA. Si pudieran revertir la situación y gritar todo ese cúmulo de angustias (muy evidentes en cada paso), los escucharía hasta el Barbudo (DIOS, ALÀ, BUDA, etc etc etc).

Pero él se olvidó de esta parte, por estas calles inhóspitas no hay signos de nada superior que reine arriba y proteja abajo. Si lo habría, no sería necesaria escribir esto.

Esto me reafirma, una vez más, eso que leí en una pared hace ya 7 años: "SI LA MISERIA ES LEY, LA REBELDÍA ES JUSTICIA".